3 de octubre de 2016

La era de los dinosaurios voladores

Cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) posado cerca del agua, Formentera. La grasa de sus plumas repele el agua a modo de aislante.
Cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) posado, Formentera. La nanoestructura y grasa de sus plumas repele el agua a modo de aislante.



Los dinosaurios no se extinguieron, asumámoslo.
Sus estrategias evolutivas les confirieron ventaja sobre el resto de grupos y dominaron la Tierra durante cerca de 135 millones de años (ahí es nada) en los que se diversificaron dando lugar a multitud de formas. Allá por el Jurásico algunos de ellos pertenecientes a los terópodos dieron un paso que marcaría una diferencia tremendamente importante en su futuro evolutivo: desarrollaron plumas.
Entonces llegó aquel evento de extinción K/Pg (Cretácico/Paleógeno) provocado por un meteorito que hace 66 millones de años puso fin a muchísimos linajes de dinosaurios. Pero no a todos.
Algunos de estos terópodos resistieron a esta extinción y lograron sobrevivir otros 66 millones de años más, diversificándose en multitud de especies que aún hoy se encuentran entre nosotros. Los podemos ver y oír cada día en nuestros parques, balcones y jardines en forma de palomas, gorriones, gaviotas, urracas...

La inmensa mayoría de las aves han evolucionado acorde a una vida ligada en mayor o menor grado al medio aéreo, adaptando su cuerpo al mismo. El peso de sus huesos ha disminuido para reducir su densidad y por tanto el gasto de energía durante el vuelo; los folículos de su epidermis generan unas estructuras compuestas de queratina, al igual que nuestro pelo pero con una estructura mucho más compleja, conocidas como plumas y que cumplen multitud de funciones que han sido decisivas en la supervivencia de las aves. La más llamativa de estas funciones es la que cumplen en el proceso de vuelo; habilidad que ha permitido a estos animales aprovechar el medio aéreo, prácticamente sin explotar. Sin embargo, no son pocas las aves que han encontrado en el agua el nicho perfecto para obtener alimento; entre ellas los cormoranes como el de la fotografía de hoy.


El pico del cormorán moñudo está adaptado para capturar a sus presas bajo el agua.
El pico del cormorán moñudo está adaptado para capturar a sus presas bajo el agua.

Estas aves han encontrado un medio diferente al aéreo para alimentarse, adquiriendo una habilidad impresionante para bucear empleando sus grandes patas membranosas a modo de aletas para sumergirse a unas profundidades considerables. En particular, nuestro protagonista de hoy, el cormorán moñudo (Phalacrocorax aristotelis) es capaz de sumergirse nada más y nada menos que hasta los 43 metros de profundidad para alcanzar los bancos de sardinas y arenques que componen la mayor parte de su dieta. Teniendo en cuenta que en el agua de mar la presión aumenta aproximadamente a razón de 1 atmósfera por cada 10 metros, estas aves llegan a soportar una presión de hasta 5 atmósferas durante sus inmersiones.

A la vista de los acontecimientos, la próxima vez que observemos un ave no estaría de más recordar hasta dónde han sido capaces de llegar los (para tanta gente extintos) dinosaurios actuales.

Y de propina...
El nombre del cormorán deriva del francés "corve marin" o cuervo marino, nombre aún utilizado en varios idiomas. El epíteto específico hace referencia a Aristóteles quien además de filósofo fue un gran naturalista, describiendo en su tratado sobre zoología Historia animalium a los delfines como mamíferos y desentrañando la compleja estructura bucal de los erizos de mar, conocida también en su honor como linterna de Aristóteles.




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